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Lo que era capaz de hacer una cría de T. rex de un solo mordisco

ABC CienciaMadrid
Actualizado:03/06/2021 01:24h
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El grandioso Tiranosaurio rex era uno de los dinosaurios carnívoros más temibles. Con una masa corporal de entre 5 y 8 toneladas, alcanzaba los cuatro metros de altura y superaba los doce de longitud. Pero lo que lo hacía particularmente terrorífico era su mordida, la más poderosa de cuantos animales terrestres hayan existido jamás. El mordisco de un ejemplar adulto podía ejercer 35.000 newtons de fuerza. Más del doble que el de un cocodrilo y casi ocho veces el de un león moderno. Una auténtica máquina de triturar que se forjaba desde los primeros años de vida.

Investigadores estadounidenses creen que los tiranosaurios más jóvenes ya ‘entrenaban’ sus mandíbulas de campeonato. En un nuevo estudio publicado en la revista ‘PeerJ’, señalan que los individuos juveniles eran capaces de morder con la fuerza de una hiena o un cocodrilo actuales.

Los investigadores hicieron una réplica en metal de un diente en forma de cimitarra de un T. rex de 13 años de edad, lo montaron en un bastidor de ensayos mecánicos que se utiliza habitualmente en pruebas de ingeniería y trataron de romper el hueso de una vaca. De esta forma, determinaron que un juvenil podría haber ejercido hasta 5.641 newstons de fuerza, la sexta parte de un ejemplar adulto. En comparación, la fuerza de la mandíbula de un ser humano es de unos modestos 300 newtons.

Las nuevas estimaciones son considerablemente superiores a otras realizadas anteriormente, que situaban la fuerza de mordida de los jóvenes tiranosaurios en unos 4.000 newtons. Los autores explican que este dato es importante para entender el ecosistema en el que vivían los dinosaurios, o cualquier animal extinto, qué depredadores eran lo suficientemente poderosos como para comer qué presa y con qué otros competían.

Si los T. rex juveniles «tienen hasta casi 6.000 newtons de fuerza de mordida, eso los coloca en una categoría de peso ligeramente diferente», señala Jack Tseng, profesor de biología en la Universidad de California Berkeley. «Al refinar realmente nuestras estimaciones, podemos ubicar a los juveniles de manera más sucinta en una parte de la red alimentaria y pensar en cómo pueden haber desempeñado el papel de un tipo de depredador diferente al de sus padres adultos más grandes», indica.

El estudio revela que los tiranosaurios juveniles, aunque todavía no pueden aplastar huesos como sus padres de 30 o 40 años, estaban desarrollando sus técnicas de mordida y fortaleciendo los músculos de la mandíbula para poder hacerlo una vez que les salieran los dientes adultos.

«Esto nos ayuda a medir la rapidez con la que la fuerza de la mordida está cambiando de juvenil a adulto, y a comparar con cómo está cambiando el cuerpo durante ese mismo período de tiempo», afirma Peterson, profesor en la Universidad de Wisconsin en Oshkosh y paleopatólogo, especialista en las lesiones y deformidades visibles en los esqueletos fósiles. «¿Ya están triturando huesos? No, pero los están pinchando. Nos permite tener una mejor idea de cómo se alimentan, qué están comiendo. Es solo agregar más a esa imagen completa de cómo vivían los tiranosaurios, como creían y
los roles que jugaron en ese ecosistema», dice.

El experimento

Los experimentos que utilizan moldes de metal de dientes de dinosaurio para hacer coincidir las marcas de mordeduras observadas no son muy comunes, no porque las marcas de mordeduras en fósiles de dinosaurios sean raras, sino porque la identidad del mordedor rara vez está clara.

Sin embargo, dos fósiles de dinosaurios excavados años antes en la Formación Hell Creek en el este de Montana resultaron ideales para este experimento. Uno era el cráneo de una cría de T. rex , que tenía una marca de mordedura. «¿Qué, aparte de un T. rex , podría morder a otro T. rex y perforar su cráneo?», razonaron los investigadores. Los tiranosaurios, como los cocodrilos de hoy, jugaban duro y la herida probablemente se debió a una pelea por comida o territorio.

Además, los orificios de punción en el cráneo, que se habían curado, tenían el tamaño y la forma de los dientes de un T.rex juvenil, más parecidos a un cuchillo, presumiblemente para cortar y desgarrar la carne. Los dientes de los adultos se parecían más a postes, para aplastar huesos. Tanto los jóvenes como los adultos podían reemplazar los dientes perdidos o rotos por los repuestos enterrados en la mandíbula que emergían una vez que la cavidad estaba vacía.

Debido a que el hueso del cráneo es más duro que otros huesos, hacer coincidir estos agujeros con las perforaciones hechas por el diente de metal en un hueso de vaca proporcionó un límite superior a la fuerza de mordida.

El otro fósil era una vértebra de la cola de un dinosaurio pico de pato herbívoro, un Edmontosaurus. Tenía dos marcas de punción de dientes que coincidían con las de un joven T. rex. Según los autores, el T.rex era el único depredador que existía en ese momento, el período Cretácico tardío, hace más de 66 millones de años, que podría haber mordido con tanta fuerza el coxis de un pico de pato. Es probable que el juvenil perforara el hueso al morder una parte carnosa de la cola del animal ya muerto.

Debido a que las vértebras son más blandas, la creación experimental de pinchazos similares en un hueso de vaca les dio a los investigadores un límite más bajo en la fuerza de mordida.

Tseng empleó una técnica de prueba que fue utilizada en 2010 por investigadores que midieron la fuerza de mordida de un dinosaurio mucho más antiguo y más pequeño del Cretácico temprano: un Velociraptor, famoso por la película ‘Jurassic Park’ de 1993. Su fuerza de mordida estaba entre 4.000 y 8.000 newtons.

Tseng y Peterson hicieron una réplica de un diente de T.rex juvenil de la mitad de la mandíbula usando una aleación de cromo cobalto, que es mucho más dura que el esmalte de los dientes de dinosaurio. Luego montaron el diente de metal en un marco de prueba mecánico y lo empujaron lentamente, a un milímetro por segundo, en un húmero de vaca recién congelado y descongelado. Los huesos son más fáciles de fracturar a baja velocidad que con un mordisco rápido.

Tseng enfatizó que no hay un número que describa la fuerza de mordedura de ningún animal: depende de cómo la criatura muerda y ajuste a la presa en su boca para obtener la mejor palanca. Sin embargo, las mediciones son un comienzo para trazar el aumento de la fuerza de mordida de los tiranosaurios a medida que maduran.

«Del mismo modo que se puede hacer una curva de crecimiento para un organismo así, también se puede hacer una curva de fuerza para su mordida: cuál era a los 12 o 13 años, a los 30, 35 o 40 años», dice Peterson. «Lo bueno de encontrar marcas de mordeduras en huesos de un tiranosaurio juvenil es que nos dice que a los 13 años aún no eran capaces de triturar huesos, pero ya lo estaban intentando, estaban perforando huesos, bastante profundo, probablemente se fortalecían a medida que maduraban», explica.

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